El control racional del oficio de escribir.

Ángeles.

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Ella tenía un par de alas en la espalda cuando la conocí. Fue un suspiro. Un susto mirar hacia el final de la escalera y verla ahí, frente a un ventanal, mirando el cielo cómo si esperara algo para emprender su vuelo. Lo recuerdo bien, el dulce saludo de su bienvenida. Tenía un par de alas cuando me enamore de ella; Una paz interior. Todo un roce de miradas inofensivo con las personas. Eso vi, su tranquilidad, sus manos frágiles y sus pies que pocas veces lograban toparse con  el suelo.

Yo no sé si me esperaba a mí, o a alguien que no le negara su vuelo. No sé si era yo, o las mil veces que volví a buscarla para estar con ella. Porque tenía alas, si. Como los pájaros, como los aviones. Como los dragones. Era fuerte y discreta, gigante y pequeña. Un ángel que de alguna forma llegó para mí.

Yo quería volar como ella. Romper el cielo como ella. Quería acompañarla en su planear, y no dejar que nunca más volviera a volar sola, o que espere a alguien que nunca llegó.

Pero yo supe el daño que haría contándole mi sueño; de querer ser como ella. Después de tiempos aquellos, de risas matutinas y besos en las noches, logré por fin, entusiasmado, hablarle sobre eso.

-Si quieres tener alas sólo debes alejarte, correr  y volar – me dijo ese día mientras mirábamos el cielo. Ya no quería esperar.

-Suena fácil – le miré a los ojos –  ¿ya te alejaste, corriste y volaste?

Me sonrío encobijando sus margaritas – yo soy diferente – me nombró – yo nací así, tú ya lo sabes.

-Que injusto, la gente ni siquiera nota que tienes alas – ya estaba algo confundido y me volvió a sonreír – ¿Las personas podemos aprender a volar?

Esa madrugada tibia y soleada, cuando después de muchas preguntas y ensayos; ella abrió sus alas, mientras me respondía con su risa permanente,  me tomó de las manos,  fuerte, me amarró en un abrazo valiente y se elevó junto a mí.

Volamos amarrados.

La abrasé de vuelta mientras miraba el mundo caer, a los humanos perderse en sus problemas, y a los ríos cómo venas lejanas de la tierra en sí. Ella volaba conmigo, ella me llevaba en su planear. Todo era paz. El viento poco nos molestaba. Firme volaba y me abrazaba para que estuviera bien; firme me miraba a los ojos para sonreír.

Estábamos tan altos que no lograba oír nada del mundo.

-Hay humanos que se elevaron hasta aquí y yo debía soltarlos – me dijo con pena mirando hasta el final. Yo temí ser el de esa suerte.

-¿Por qué? –

-Ellos me pidieron que les enseñara a volar, pero en este lugar, quisieron cambiar el camino, sacarme las alas, dejarme caer desde aquí  – me respondió mientras flotábamos en una aurora.

-Eso no te convierte en alguien malvado cómo tu lo crees – le dije mirando su  rostro – sólo en alguien que confío y le traicionaron. –  sonrió. Pero siempre había algo en ella que le iluminaba con tristeza.

-¿De verdad quieres alas?- Sus ojos perdidos algo más querían decirme – Es una misión difícil, pocos la entienden.

-¡Sí!- le afirmé con risa- ¡Si las quiero, quiero volar lejos, rápido, ser distinto cómo tú!

Y sus ojos se agrandaron, me miraron. Ahí me dijo que volviéramos a tierra. Yo sentía que algo estaba por comenzar. Y ella Sonreía, siempre sonreía, eso también nunca lo voy a olvidar. Pero no tenía idea de todo lo que estaba pasando, ni de lo que ocurriría después, cuando logré entender la misión de los ángeles en la tierra.

Frente a mi mismo caí.

Un día en que no logré verla por ningún rincón de nuestras calles.

Lo entendí.

Debía alejarme;

Correr;

Y así podría volar.

Era así, era yo quién precedería. Desde aquel día se me hizo tan difícil encontrarla. Lo comprendí, o creí hacerlo. Yo podría volar, alejándome, yo podría volar corriendo. Pero no a su lado, por eso siempre se elevaba hasta esa altura, por eso algunos quisieron córtale las alas, por eso la gente ni siquiera la ve.

Por eso siempre sonríe con pena.

Me tardé pero entendí,

Ya no las quería, no por ella, no quería alas nunca más.

Llegué otra tarde brillante hasta la misma escalera y en el final, al último piso, en la terraza la vi. Tenía la vista perdida como siempre y a su lado, frente al cálido sol me quedé. Sus alas guardadas me estaban esperando.

¡A-ahora lo entiendo! – le dije desde el costado,  nervioso.  – ¡debo irme! –

Ella me miró directo a los ojos, me acarició el rostro con su mano tan suave y yo no sabía qué hacer, estaba tan agitado, tan confundido. ¿Abrazarla, llorar, lanzarme hasta el primer piso? De lo único que tenia certeza, es qué, eso era una despedida.

Gracias por todo – me dijo tan fácil, devolviéndome a mí mismo. Con sus lágrimas como goteras que inundaban su sonrisa – gracias por verme de verdad –  Y  en ese instante, en el qué se me quebraba el alma, largué un llanto de desesperación; porqué sí, me había enamorado de ella.

Porqué si yo no hubiese sido tan egoísta de pedirle alas, ella aun esperaría a alguien que si la ame de verdad y se quede a su lado por siempre.

¡No! Yo ya no quiero alas, ¡no! – le dije gritando su nombre.

Ella brillaba cada vez más.

Tranquilo – susurro mientras sus alas me acurrucaban- ahora ve,- me tomo fuerte del brazo y me abalanzó –  ¡corre! –

Y ahí en ese momento, en el que por fin me despedía, comencé a correr, abrí paso entre mis piernas a mil pies de altura, le di una última mirada a ella envuelto en lágrimas,

Me elevé.

Y ella desapareció con el sol.

Al fin tengo alas, alas gigantes cómo ella.

Alas que ella me dio.

Un tipo enamorado.

Me era imposible no sentir ese dolor en el pecho cuando ella me miraba a los ojos así fijamente. Era abrumador, lo peor de volver a verla, algo así cómo si se me abriera el corazón. No recuerdo ni lo qué dijo, ni lo qué le respondí. En mi cabeza sólo estaba la imagen de sus manos rodeado su taza de café y esos ojos de mierda que no paraban de interrogarme. Los odio, odio hasta ese lunar que tiene en su mejilla y su firmeza completa.

Odio también el tiempo que se dio para responderme; el tiempo en que tardó en decir que si, y la manera irónica de aceptar tomarse una taza de café conmigo.

Fue cómo si el volver a vernos significara sólo recordar esa mirada. No me importaba si estaba bien, o si estaba completamente abatida por los problemas de ser mujer, al carajo, el odiar como se ríe de mis chistes ya parece parte de mis necesidades.

Se reía. Siempre se reía conmigo. Estoy seguro que nadie lograba hacerla reír así. O tal vez soy sólo yo él queda completamente feliz mientras ella está riendo y muchos pueden hacerla sonreír. Quizás es sólo ella quien me entrega esta felicidad. Que confuso, si no me hubiese mirado así, yo podría seguir caminando tranquilo hacia mi casa sin pensar en las mil formas de recuperarla. De que no me trate de amigo, de que se olvide de su amor tan lejano.

Tengo su carcajada pegada aquí en mi frente, o en la cara de podrido que llevo. Quiero volver a verla, volver a sentirla cerca, hacerla vivir cosas que con nadie nunca vivió. Quiero volver a ser su noche entera, sus escritos destrozados, sus tragos vacíos. Su último punto antes de dormir. Ni siquiera sé de donde saqué el aliento para invitarla a ese café de dos horas, menos sé cómo ella no logró fruncir las cejas cuando le dije bonita otra vez.

Sólo recuerdo esa forma de mirarme. Tan única que me estremece por completo, logré viajar a cuando la conocí, a cuando la besé, y a las miles de veces en que le dije adiós. Ahora recuerdo porqué me despedía y nunca lograba irme completamente, ya que cada vez que ella  me miraba así; algo de mí se encerraba tras sus ojos.

De piratas, escenas finales.

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[…] Ya en el suelo subió la vista, arribó su rodilla izquierda, y de un salto lento y cansado se fijó en su adversario. La lluvia sobre el mar era en sus oídos, un tripulante músico más. Ni negro, el cielo ya es gris. Llovía sobre su frente, mientras que en sus dientes se gritaba rabia de años en malestar. No dolía ningún rasguño sangriento, en Staley no dolía ninguna herida, menos en el rostro. Rosando el viento se declaró sabiendo ya; que ésta sería la última de sus luchas. Sus manos apretaron su espada, y levantándose del suelo poco a poco se rindió a su orgullo de ser. Se dirigió a él,  a quien debió dar muerte años atrás, – ¡¿Cuánto tiempo mentiste para que te trajera yo las almas que le debías a barba negra?! Gritó. Todos los tripulantes y saqueadores del Victoria, observaban con cautela y en silencio. Uno de los dos debía morir ahí. ¡¿Para que papá!? ¡Nunca fuiste libre!

Segundos dieron para que ambas espadas sonaran entre si. Sus cuerpos frente a frente, fuerza de sangre traicionada. Amor y guerra bailando. El vaivén de las espadas era una lucha a muerte sin regreso a ningún calabozo.

La espada de Staley soltó su mano, cayó por el abordaje y tocó la superficie del mar. Dolor, no hay más dolor que perder. No hay más guerra ya. Miraba fijamente a su adversario, su padre, quien ya le señalaba el cuello con su espada, sus pupilas dilatadas, el entrecejos odiando cada centímetro de la muerte. No merecía una simple espada. Su cuello tenía más historia que contar, no podía terminar así.

Claro que no pensó el padre, cortar el cuello de su misma sangre con una espada que no fue fundada para eso no va al caso. Cambio de mano, Ahora era un revolver apuntando la sien de su primogénito.

-¡Pirata! La voz del menor se rasgaba con la pena ¡Asqueroso pirata! Siempre me diste ese nombre hijo de las mil putas ¡mi madre te amo tanto cómo al mismo mar! Gritaba sin consuelo ¡Barba negra fue el único que escucho tus patéticas suplicas! ¡¿Por qué hablaste de Ágata con él?! ¡A ella no le tocas ni un sólo pelo!

 Una joven lágrima se escapó, y se rasmilló la cara con la mano intentando sacudirse las penas. – Era tu plan de mierda- sollozó – devuélveme a Ágata y haz conmigo lo que se te plazca.

-¡es ya tiempo de tu muerte, pequeño!- el mar gritó en un par de senos femeninos desde la esquina del barco. Los botines saltaron al paso de las piernas más buscadas del océano. Un tesoro vivo y febril caminó entre la multitud. Sus tacones raspaban la madera vieja, y su cabello negro flameaba versátil puesto en magnitud. Intocable, la segunda, Agata segunda estaba de paso en el viaje del Victoria a luz. Ahí sin remordimientos, la madre de la leyenda tercera frente a frente se abrió camino en contra del pirata sentenciado. Nadie lo dudó, era ella, la segunda, cobrando el destino de ser la madre de un mito, de algo que nunca debió existir.

Fue ahí cuando Staley supo de su fin. Una mujer que dominó a su padre, a las aguas de Astral, y pisa el barco expuestamente de barba negra. En frente de sus ojos, con el carmín usual de su nombre; – Eres el pirata más imbécil que se pudo interponer en nuestros  motines- Lo miró con rabia de pie frente a él. ¡Infeliz, tus planes son absurdos, muérete con tu barco, con tu prostituta! Le dio la espalda al padre y habló brutal – Simón sólo falta tu tarea, haz lo tuyo-

Amaneció. Las lágrimas de la tercera limpiaban la mugrienta escena a lugar. El sentenciado desde sus rodillas escuchaba sus lamentos. Tenía a su padre frente a sus heridos ojos sangrantes y nada ahí podía cambiar el destino. Simón escuchó, encabezó el filo de su espada contra el cuello de su hijo y sin virtud presionó.

-¿serías capaz de matar a tu propio hijo? Susurró ronco, mirando el suelo de su muerte- claro, le respondió sin dudar un segundo perdiendo los ojos.

-Sería una inspiración inmensa-

Y cortó.

Sin escritos y agonía.

Dibujo

A larga espera, largo triunfo. Que la agonía no sea eterna ni menos propuesta. Las prosas siempre buscan al letrista perfecto, al desvalido, al que se queda sin contar nada y escribe igual. Soy empedernido, si pudiera elegir vivir sin escribir estaría de bancario, o por algún libro de autoayuda. Menos merezco el titulo de artista sobresaliente, porque el arte es perfección y las miles de maravillas de mis dedos son meros ensayos.

Cómo yo, hay cientos de escritores que pueden crear los versos mas tristes esta noche, y subirlos a la web. Pero nadie los más alegres. Es tan mecánico escribir; sentarte, tomar un lápiz, o un teclado y en términos mediocres “fluir”. Tontera de los tiempos, fluir no es perfección.

Si yo pudiera en este momento; titubearía a cualquier nobel que pasó por estas agonías llenas de sarcasmo y sobrevivió. Ignoró la ausencia de la musa, la extrañó, la lloró y continuó su camino.  Porque a veces es mucho más fácil vaciarse una caja de vino barato, calcular el momento en que comenzamos a marearnos y escribirle al amor no correspondido. El mundo te dirá “pero que profundo, que delirante” cuando las penas de amor se convierten en el mejor aliado del escritor de pasatiempos.  Pero el pasatiempo no es perfección, y las penas de amor son tan mediocres como el que las provoca. las novelas rosas, el amor perdido, aplausos que buscamos, likes que necesitamos.

Pero no, las agonías son más fuertes, no esperan, viven conscientes en cada acción del día, en cada sueño de noche. Me prohíben los cuentos cortos, y no pretendo escribir más si sólo se competa en cartas de amor, de destinos malditos, o de un borracho cualquiera frente a un borrador.

Yo le conozco.

Sabía  la hora en que se acostaba cuando llovía. Sabía  la precisión del color de sus ojos en cada estación. Sabía su acento a la perfección. Los lunares de su piel y el desliz de la luna cuando jugueteaba entre sus sabanas. Sabía su olor, el perfume diario de los quehaceres domésticos, la vida al nacer. La sangre de redor.  Yo le conozco, no es necesario mirar al suelo. Recuerdo sus pies tan bien demarcando mi mismo camino, no necesita más, su final no esta planeado para este momento.

Yo le conozco, siga en pie, nada para usted es imposible. Si yo le hablo es porque sobreviví a su partida y estoy aquí recogiendo sus pedazos. Tengo maleza muerta en mi cabeza; no le miento, sus mentiras fueron tumbas de ego, y su adiós no dejo dignidad en pie desde ningún rincón en mi conciencia.

Pero yo le conozco, yo sé que volvió tambaleante y aquí estoy sin preámbulos ni ningún remordimiento. Sabía en sueños, en primicias, en cálculos persuasivos que su voz andaba rodeando mis laberintos. Cuanto esperé para abrazarle de nuevo y si miento sonriente es porque lo dolores del adiós son adictivos.

Déjeme cuidarle de nuevo, sus letras son un tesoro que no me quiero perder. Ojala pudiera enumerar cada cualidad que se opaco en este invierno. Déjeme secarle el cabello y prestarle un chaleco que convine con sus ojos. Déjeme no equivocarme esta vez. No odiarle, no presumirle la ignorancia, no pedirle que se vaya por última vez. Quiero estar presente esta vez en cada uno de sus sueños prominente, serle personaje, serle narrador.

Noches como estás yo le conozco mejor, en el cielo muerto, en la madrugada más desgastada que nosotros dos, en las tardes naranjas. En todas esas veces en que sus odios se caían en mis brazos, siempre le perdoné.

Siempre me fallé por serle escuchada. Por cobijarle los dolores, por conocerle más. Por la esperanza de ser un día sus mismas letras, porque yo le conozco bien, más que cualquier otro que presuma su estadía, ya que su cuerpo físico siempre estuvo ausente y sus palabras son su alma viva que siempre voló hasta mí.

 

Perdonar perdonamos

No nos duele amar a quien no se lo merece; sino que no amarnos lo suficiente. Cuando huimos de quien resulta hacernos daño, no es por miedo, es para esperar que alguien venga en nuestra ayuda.  & cuando pido perdón es para perdonarme a mi misma. Para olvidar lo lento de borrar todas estas heridas.

Para olvidar que el amor que elegimos no fue el correcto.

Perdóname cielo por cometer el error mas grande del planeta.

Perdónenme palabras por no dejarlas florecer, por permitir que un engendro las apartara de mi lado. Perdón historias mías, párrafos míos, escritos míos, por olvidar recordarlos cada noche, por creer que no son de mi propiedad, por dejar que un inútil no las valorara.

Perdón vida por disminuirme. Porque soy grande, soy entera, soy fuerte. Soy madre y padre, tengo unos brazos llenos de amor que me necesitan estable. Porque estoy plena de amor y seguridad, que si caigo yo misma desde el suelo me levanto, que si tropiezo me vuelvo a levantar, que si daño adrede quieres hacerme, la vida te destruirá.

Perdón por ocupar tu lugar y que me quede chico. Porque como yo, soy capaz de amar a alguien que me recuerda todos los días a la persona que odio.

Esperanza amor mío.

Poniente carmín, el ocaso ataca siempre a los ídolos. A los recodos, a los angulares. Si el poniente fuera amoroso, me olvidaría de las lluvias sin sol y de las madrugadas. Quedaremos ahí, en un matorral que tenia nuestros nombres, en un puerto lluvioso que pudo ser también un umbral de lunas esplendidas. Que nuestro amor siempre sea así, tedioso y grotesco, para que cuando deba arrepentirme del pasado, este sea mi mayor tesoro a narrar.

No haré funeral de los pleitos, ni menos de un número acrobático en busca del perdón. Si pretendo conquistar, mis labores son actuar sin remordimientos y entregar. El amor se trata de aquellos que no conciernan las mandas, que aman de más y buscan en todas partes obviar algo que nunca existió. Trata de caer en lo absoluto, de perderse porque si, y querer regresar a los brazos fuertes de un concilio.

El amor es entrega y ahí me quedo, en los puertos lluviosos, en las lagunas de tanto barrial, en los brazos amantes de todas las lunas que pudieron ser. Desde que errar no es costumbre, hasta aceptar todas las culpas que alguien te quiso compartir. Esperanza amor mío, el amor es entrega al sonreír en todos estos ocasos, en donde al soltarnos las manos y caminar, caeríamos en lo absoluto, en el desmorono de sólo besarnos y nada más.

La lluvia y mamá.

Una casa de campo grande. Los olores fuertes, el color del atardecer. Mamá siempre estaba ahí, en el último rincón de la casa, su oficina. El marco de la puerta, siempre la observaba desde ahí, sus libros, el montón de hojas sueltas, letras de su habla que sólo ella entendía. Le gustaban las palabras, contarme cuentos en su seriedad nata y con el color carmín de sus pómulos. Desde el marco de la puerta, siempre la observaba por ahí. Su cabello negro, sus lentes, su vista baja que siempre sobre el escritorio plasmando algo estaban. Mamá era todo un misterio.

Cada día de lluvia aquí en el sur, recuerdo a mi madre abrigarme bien para subirnos al automóvil, ponerse ella su abrigo negro y mirarme hacia atrás por si algo me molestaba. A ella poco se le veía sonreír, de ahí va mi rostro decaído. Conducía y ponía una radio cualquiera para hacernos compañía, me arreglaba los cuadernos antes de bajar y me daba un beso de despedida, observándome hasta que yo lograra entrar a la escuela.

A mamá no le molestaba salir a mojarse con la lluvia mientras entraba la ropa. La juntaba toda y la dejaba en un tendedero seco, ahí volvía atrás a sólo mojarse, se quedaba ahí por un par de minutos. &  mientras regresaba a techo, de sus labios se le escapaba una sonrisa leve, quizás lloraba, pero ahí en la lluvia nadie lo notaría. Mamá era especial, hasta sus comidas y las charlas que me daba mientras me preparaba platos con poca sal. Sus pestañas rectas, siempre presentes en cada día de sobremesa; un día me aconsejaron. “Nunca ames la compañía de alguien, porque eso se suele confundir con el amor. Yo no quiero que ames estar con tu madre, quiero que ames la persona que soy, la que te dio la vida, la que hace de ti un hombrecito fuerte e inteligente. Nunca ames la compañía del ser, porque eso hace daño, mucho daño a quien se lo entregas. Ama a alguien, no por su compañía, ama a quien se te de la  gana, pero ámala, no su compañía” años después entendí el porque de esas palabras, cuando me toco enamorarme de forma fatal igual que mi padre.

Papá, papito, su cuerpo fuerte y su sonrisa grande. Le recuerdo poco, mamá poco me hablaba de él. Aún así tiene en su oficina un cuadro de ellos dos bien juntos, reían, cuando sólo eran un par de amigos. Papá, quizás anda de viaje, quizás esta cerca, no lo sé, y prefiero que sea así, antes de preguntarle a mamá y que me responda levantando la cabeza de su escritorio y ver como sonríe con tanto dolor.

Cuando mamá no estaba, me gusta intrusear entre sus papeles. Sus fotos, los cajones llenos de recuerdos que a nadie compartía. Las fotos de papá, un par de cadenas de oro, y hojas, escritos, libros y libros. Frases sobre el escritorio aplastadas por el vidrio de este, sus lápices únicos y de mil colores. El millón de cuadros que inundaba el lado de la ventana. Un día mamá entró, ella nunca se enojaba, me tomó en brazos recuerdo, y me señaló, “Si algún día llegas a enamorarte, no cometas el mismo error de mamá, porque tú eres fuerte pequeño, no dejes que nadie te haga daño, ve y demuéstrale que el mundo te crío como un grande, no dejes que nadie corte tus alitas, porque mientras yo viva nadie lo hará”

Mamá era sabia. Le gustaba la lluvia y escribir. Podía observarla desde el marco de la puerta siempre, hasta que logre verme ahí y darme algún concejo de rutina.

El último vals antes de partir.

Entenderme las palabras nunca fue fácil, se te fue imposible. Nadie nunca lo hizo, no serás el primero con la poca fuerza de tus labios. Tantas cosas hice mal, que quien debe pedir disculpas soy yo. Suspicacia. Errar porque sí para el control del oficio. No vengo con poesías, la prosa es lo mío y te dejo a ti el trabajo de enmudecer tontos analfabetas.

Desde la lucidez del día marcando pestañas; Quemantes. Hasta el ciego resplandor de las noches divinas. ¿Cuánto le falto a tu tesoro para completarte el ego durmiendo en las nubes? El cuerpo y alma pura de una pena vana. El color/negro de un par de ojos carnales. Con eso te bastó.

Disfrutas tanto la pena misma. Carroñero de pieles que quieren narrar. Tipos como tú sobran en estas vías. Afortunado tú de llorar a gritos. De perder algo que si era tuyo, de autocompadecer tus delirios y sueños que se frustran con la verdadera realidad. No serías nadie sin un aliento fresa.

¿Alguna vez hiciste algo de corazón, sin que recompensarte fuese necesario?

Soy yo la que borra páginas. Soy yo lo transversal. Soy yo la vida eterna en par de letras y latidos ¡Sigue demostrando retrogrado en tus respuestas penumbras! ¡Olvida qué sé tus interrogantes! ¡Olvida qué se todo de ti! Olvida qué espero siempre lo mejor del karma para tus futuros, que aprendas a errar con amor y no con recelo, que levantar lo ojos y al mirar a tu mujer no sea doloroso,  más bien algo a la par.

Emprendo vuelo al descenso. A la despedida cliché de los cuentos rosas. El dolor ya está estampado en las cientos de lágrimas. Las gracias dadas y los perdones olvidados. Las promesas rotas y los saludos muertos. Dejo para ti un par de alas en herencia de mis males, del este color cambiante que mis ojos llevan con firmeza. Para que alcances tu ángel, para que seas feliz, le digas que di todo por ti, pero caí.

 

Ese era su nombre
yo la ame como loco.
Ella me amo como a nadie.
Ágata carmín, tu aroma se arrebató sin dueño de mis labios.

 

Amando a alguien que nunca existió.

De ojos azules, un cabello negro envidiable y un par de piernas hasta el piso. Entretenida, jugaba a volar cada noche luego de clases entre humos y drogas baratas. Una mujer ideal con una mente risueña.

¡Te acompañaría al fin del mundo si se lo pidieras!

Cristóbal se subió el cierre del pantalón, sonrío al espejo y en cuestión de segundos tomo su mochila y camino al colectivo. Olvido avisar que saldría, que llegaría más tarde  y que le faltan monedas para volver a casa. Pero eso a él nunca le importó. Estupideces baratas que se compran con perdones, un viaje a casa y un corazón rosado por el teclado. Él y su novia discutieron toda la noche anterior, el dolor del tiempo ya marcaba su relación. Un par de errores y las palabras dolían más que las ausencias. Cristóbal era un joven libre y apasionado, ella su mujer, una joven estructurada y soñadora. Era tan difícil verlos vivir que nadie entendía las fuerzas de estar juntos.

Pero eso a él nunca le importó. Las constantes peleas, el dolor de llorar y el amor no correspondido tenían una recompensa. Él se distraía entre humos y drogas baratas. Entre conversaciones entretenidas y un par de ojos azules que lo acompañaban hasta en los juegos más tontos de la Web. Coreaban las mismas canciones, reían los mismos chistes y su gusto por lo apocalíptico era un imán de conversación.

 Él pasaba horas con ella, entre humos y drogas baratas.

Feliz ahí nadie le molestaba, y un par de risas de esa mujer que más que molestarlo, se le hacía placentero.

Los días de sol caminaban hasta despedirse, los días de luna, hasta que ella pudiese ver su hogar. Cristóbal tenia un escape de vida, alguien que le entendía hasta las borracheras porque si. Siempre sobre su cama, luego de despedir a la niña cerca de su casa, pensaba en su mujer, ella tan diferente, recordaba sus regaños y el dolor en cada pelea. Él no se merece eso. ¿Porque lo tolera? No lo sabe, y su mente se difumina recordando la invitación a fumar de su incondicional amiga.

Cristóbal se enamorará.

Él merece una mujer de su altura y con sus mismas risas. Que lo acompañe a ver la soledad de ese punto que el tanto ama y que lo entienda bien, que siga su camino, no que busque perfecciones para él, que fluya, que viva el día a día, que no le preocupe en lo absoluto el futuro  Que lo acompañe a sus bohemias tontas, esa es la niña para él.