El control racional del oficio de escribir.

Mes: noviembre, 2010

Esto es sed ♂

Si, era otra noche más. Las luces, la vida y la gente me quemaban los ojos junto al humo de los cigarrillos. Otra noche más.

Traté de levantar la cabeza. A estas horas ya me consumían las ganas de terminar estos vasos, con tanta pena entre estos centímetros de la barra y el alcohol.  Tanta gente y miles de pies. Bastó un segundo para que mis ojos encontraran los tuyos.

Lo sé amiga, ahí estas tú, con esa sonrisa permanente. Y yo aquí, odiándote, porque el amor que te tenía se me fue por los poros. Era tan gracioso verte tan radiante y descontrolada.

Amiga, que tanto soportas, besaste a cada idiota, pensando en mí cada segundo y si yo estaba por ahí cerca presente. Bailabas, y desde aquí estaba enganchado a tu cuerpo, viendo también que no era el único en esta actividad.

Te odié mujer por hacerme creer que estarías ahí siempre, por las veces en  que no lograba verte defectos. Te odié porque eres tú misma la que parece disfrutar mis rupturas. Mujer, como siempre te odié, porque te vi feliz aparentando cosas que ni tú te creías.

Cerré los ojos y dejé que la música golpeará mis oídos, mientras de a poco el vaso se sentía más liviano en mis manos. Te vi venir. Entre tantas  personas, te  reconocí.
Hola, me dijiste,  pretendiendo muchas cosas más. Lo sé porque te conozco más que a mis propias cicatrices. Y tus ojos que se entonaban a los míos, tus manos perdidas entre el humo y el mismo vaso de la otra vez.  No te respondí. Es más, quise dejarte ir y te di un beso en la mejilla.  Y luego te perdiste. Entre tanto gentío y sombras, entre besos y caricias ajenas,  entre mi búsqueda y la tuya, entre tus recuerdos y mis tantas victorias.

Sólo fuiste una más. Sólo una más que no supe aprovechar. Y pretendí pensar así el resto de la noche, evitando tu polera fluorescente, porque aunque estemos lejos, tú y yo siempre cuidaremos de nuestras espaldas.

Te odié mujer, porque te paseabas con otro engendro como yo, de la misma manera en que lo hacías conmigo, tan sutil y vanidosa. Te vi tan lejos y la rabia me carcomió hasta las pestañas. Caminé por el montón, entre el griterío, empujando a cada idiota que se me cruzó por delante, incluyendo al que tenías enfrente.

Te tomé del  brazo y te grité. Grité lo que quise decirte hacía tanto tiempo, aquello que no me atrevería sin el efecto de este alcohol.

Adiós. Simplemente, la única manera de alejarme de ti mujer, que me confundes la vida. Y quise correr. Alejarme tan rápido y que no fueras capaz de notar este estado, ni ver cuanto te extraño, ni cuanto necesito de tu ayuda.

Me tomaste la mano antes de que corriera, con tanta fuerza desesperanzada, y yo muriendo, tratando de no mirar hacia atrás, evitando tu contacto.

¡Suéltame! Moví fuertemente mi brazo – suéltame – repetí.
Las cosas se hablan idiota- me dijiste gritando- y tu voz quebradiza me golpeaba en los recuerdos. Tomaste mi codo, y lo sostuviste bien. Más que amor, amiga, me das lástima.

-Suéltame mujer. Ríete todo lo que quieras ahora- caminé con la mirada pérdida, frente a tantos ojos pendientes de aquella situación y tú ahí como siempre, tras mis espaldas, con esa cara de victima que te hace parecer la mujer más débil del mundo. Qué mentira. No es así, en realidad el que le teme a los insectos soy yo.

Sostuviste mi brazo, gritaste mi nombre, yo quité tus manos de mí, cegué aún más mis ojos y mientras agachaba la cabeza, te tuve frente a mí. ¿Sabes? No fui capaz de mirarte a la cara, ni de explicarte nada, sólo mis brazos empujaron tus hombros y te alejaron de mi, con el mejor adiós que he tenido.

Te juro mujer que fueron mis brazos los culpables. Sólo ellos.

 

¿Me extrañas?

Ésta noche era distinta. Parecía que los minutos se empeñaban en ver el dolor, y tú quieto frente a aquella pantalla, como siempre tan cobarde y optimista, escribiendo mil mensajes a ojos cerrados,  mientras yo mataba el tiempo, uno de ellos me alcanzó.

Si- repetí, con una voz quebrada tratando de entender todos sus defectos – Cuando algo termina pareciera que el reloj detuviera sus pasos y acortara el flujo de la vida. Pareciera que la gente no se alienta esperando el triunfo y el mundo entero se muere en su propio esplendor.

Porqué Cuando algo se termina y llega puntual el anochecer, las flores se marchitan y el bosque se pierde en su silencio, entre tanto en la ciudad las miradas culpables se hacen cómplices de tus mentiras. Cuando algo termina, tus pasos vuelven a desviarse y tus ganas carnales de vivir te devuelven a las cantinas.

Cuando tú terminas el vicio de quererte me acompleja, el espejo ahí en frente se ve horrendo, el closet del costado se hace tan pequeño, mis uñas se desgastan y el maquillaje  parece no cumplir con su labor.

Si – dije aun más fuerte, y tu pregunta parecía cansar mis oídos – cuando tú terminas la vida se demora en retomar su ritmo pero estas letras vuelven gloriosas. Algo termina sin minutos, sin suspiros, sin sol, luna ni universo.

Eres tú el victorioso, tan lejano, viendo morir frente a tus ojos las flores, viendo el bosque silenciar.  Eres tú el que parece disfrutarlo, mientras yo recojo las hojas de la inseguridad.

Cuando eres tú el que termina, soy yo la que comienza. Y no hay espejos, no hay closet, no hay maquillaje ni uñas que cumplan labor, porque cuando tú terminas, mi vida también.-