Noche express.

por Sofia amanda

Es una pequeña, una pequeña que no sabe amar. Hoy yo la vi, estaba bailando, entre mi noche y este desorden que no piensa parar. Pero es una pequeña, esa pequeña que me mira incesante, que busca de mí, que sabe de sus dotes, que se toca al bailar. Es ella la que ahora me abraza mientras bailamos. Era un lento, yo la abrasé por la cintura mientras ella sostenía mi vaso de ron por precaución. Los suyos yacían muertos en el suelo. Su polera escotada, su cabello despeinado, esa cintura que me mata, ese pantalón que hace presión. Todo le combinaba, y aquella embriaguez le daba la seguridad para moverse por donde quiera. Ella tan sutil como siempre, una pequeña. No conoce lo que es amar.

Toda la noche junto a ella, cada rose de su cuerpo con el mío, cada mirada que  se perdía entre mi camisa y su pequeña polera me hacían imaginar a los confines que puedo llegar con ella entre las sabanas. Quizás ahora, que la gente despobló el lugar y sólo quedamos ella y yo, pueda enseñarle lo que al corazón lo hace andar. Le pedí que no se marche hasta que todos se larguen del lugar, y en silencio se acomodó sobre el sillón que esta a un lado de la ventana. La noche brillaba, pero que más da, aquella pequeña parece brillar con ese escote.

Ordené, y ella prendió un cigarrillo, le busqué un par de sabanas, y a un lado suyo me senté. Y me dio por recordarle, aquella pequeña que hasta uno de mis amigos la hizo sufrir. Se le notaba en la carita ese tono frío y desgastado, esa voz tierna que me rompe en dos el alma. Esas bocanadas de humo que recuerdan a un amor.

Me dijo, eres distinto tú. Yo no sé de donde lo habrá sacado. Corrí esas sabanas y sólo la abrasé. Tenía olor a chicle, a melón y un poco de vino. También ese olor embustero del ron. Se acomodó en mi hombro, le acaricie la sien. Y en aquel momento en que sus ojos dieron con los míos yo la besé. Esos ojos, no los comparo ni con los ojos de la mujer que me envía cartas de amor. Ni con el cielo, con nada. Son de amoríos rápidos e ingenuos. Nos hacen caer una y otra vez. Tan sutil ella, que parece inofensiva, claro que me equivoqué.

Tome su mano, la sostuve con fuerza, la besaba con dulzura, le mordía el labio. Mientras ella tocaba. Tocaba mi ser, mi espalda, mi cuerpo. La volví a abrazar, dejo atrás mi camisa, mientras yo no dejaría que esta noche se me escape. Menos ahora, que desde ya varios días me estaba dejado sin aliento con esas miradas perturbadoras. Frente a mi comenzó con su polera. Ya estorbó. Ella jugaba con mi espalda buscando cuanto recuerdo pudiese borrar. Y yo como todo hombre, le bese lentamente el cuello, dejando estas huellas que ni ella podrá borrar. Lentamente, beso tras beso bajaba el sentido. Ahí encontré aquella prenda que esfumé con el zigzagueo de mis dedos por su espalda. Mientras ella reía y yo le continuaba.

Aquella frágil cintura sobre mí, y esas dulces manos adueñándose de mi noche. Pequeña, yo a ti, te quiero amar. En el contraste de tu pelo con la ventana, aquello quiero recordar. Tu sonrisa leve que aclara mis dudas, tus dulces besos aquí, justo entre mi boca y la barbilla. Tus juegos, tu lengua, tus caricias al revolotear. Tu cuerpo, no lo quiero dejar, ni por esta noche ni por ninguna. Pequeña yo a ti te quiero enseñar lo que es amar. Mientras tocamos el cielo, mientras caes sobre mi lecho, mientras terminas de desnudar tu alma en mi sillón.

Pequeña, algo nos hizo cambiar. Quizás me dolerá ver el living vacío cuando me toque despertar.  Quizás te dolerá ver el común vacío de tu alma, cuando camines en soledad. Pero ahora pequeña yo te quiero amar. Por esta noche, en que el paisaje se llena de ropajes sueltos por el suelo, con la tempestad, con botellas de alcohol, sabanas, tú y yo planteando mis sueños. Sueños de ti, donde puedo enseñarte bonita, el arte de hacer el amor, y no sexo sólo por pasión.

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