El control racional del oficio de escribir.

Mes: abril, 2012

Desesperanza

Dos de la mañana corazón y acabo de ver esa llamada perdida. Sé que estás esperando hay dentro, y yo aquí a unos cuantos minutos de tu presencia ansioso por aparecer. A estás horas ya tengo mil sentidos muertos. Polvo blanco, pastillas, licor, cigarros, marihuana; todos ellos me retiran de lo terrestre.

Tomé el auto, pisé a más no pude el acelerador y corrí, en menos de diez minutos estaba el mismo lugar que tú. Me topé con un amigo y ya está.  Más polvos blancos que viajan por mi nariz.

Anestesia total para el sin fin de dolores en mi cuerpo. ¿Cuántos grs Son suficientes para amanecer y no volver atrás? te apostaría que el trago que tengo escondido aquí te va a fascinar. Las luces, los focos. Pupilas dilatadas. Ya todo es diferente, sólo falta ahora pasar por ti.

Es de erratas errar inconscientemente, y es por mero placer el errar conciente. Entré al local. La música lo saturaba todo. Te busqué, te vi, te encontré y te volví a perder. Pasé por la barra, por el baño por las escaleras, hasta que di contigo en la puerta. Al fin. Un saludo tan especial mujer que me dieron ganas de explicarte porque no conteste el teléfono a las dos y llegue tan tarde después de las cuatro. Pero da igual. Me dijiste “tengo un regalo para ti” y como los regalos más significativos son ilegales salimos del lugar.

Comenzamos a hablar sobre la noche, la bohemia y la gracia que tiene ella para juntar gente tan parecida. Llegamos hasta una ladera cubierta de pastizal y recibí un gran regalo. Cannabis. Me agrada tu regalo y bastante te diré. Te pasé mi chaqueta, el frío ya era de más. Te reías con cada cosa mientras fumabas, cantábamos cada canción que sonaban fuerte desde los locales.

Ve a buscar tus cosas- te dije envuelto en risas – me miraste y comenzaste a correr tan rápido que no contuve la risa. Me gritaste unos cuantos garabatos y fuiste por tus cosas. Te esperaba acá afuera.

Llamé a un colega. A los diez minutos llego al lugar, me paso las llaves del auto que traía. Un “pásalo bien” fue su mejor respuesta, y mientras tú te subías, los parlantes ahora nos saturaban en privado. Luces y carretera, ciento veinte, ciento cuarenta, ciento cincuenta  marcaba el kilometraje.

Bajamos por hay en alguna licorería. Absenta en este momento es la mejor receta para la felicidad. Luego con un par de líneas terminaré mejor. Cigarros y algunas láminas para entretener la lengua. Ya era hora de buscar algún lugar para divertirse. Conduje hasta el fin de la carretera y dimos con una laguna cerrada y sin mucho alumbrado. Perfecto.

Estacionados empezamos con los primeros sorbos alucinógenos. Lo hicimos todo, bailamos, saltamos, bebimos, fumamos. Cantamos al compás de la música que no conocíamos. Girábamos, comencé a dar vueltas en círculo con el auto.  Cada vez que tu teléfono sonaba contestaba yo, para que nadie supiera donde estabas, o para que simplemente supieran que soy yo el que contestó.

Todo me sobrepasó. Vomité una vez, tú dos. Fue necesaria una dosis en mi nariz para sentirme sobrio de nuevo y seguir con esta labor. Encendí motores, tú un cigarro, todo esto después de vaciar cada gota de la botella.  Diviértete mujercita, aquí todo es par ti. Me reía de ti mientras conduzco, usabas tus gafas raras a las seis de la mañana, no cualquiera podía mirar tus ojos ni menos tu distorsión.

Conducía y conducía. Ya comenzaba a amanecer. Conversábamos mientras el viento helado jugaba con tu cabello. Que bonita eres. No sé si es el efecto del alcohol sobre mí, o sobre ti. Pero de alguna forma te vez bien.

¿Quieres dormir mujer? Te pregunté frenando de apoco para parar. Me miraste con cansancio y me dijiste que si. Busqué el polerón más grande que tenia y te abrigué. No parabas de fumar. Me senté a un lado tuyo, y te abrasé.

¿Por que estás aquí? -Cuestioné.

Lo mismo podría preguntarte yo a ti-

¿Nos veremos algún día? Volví a preguntar.

Créeme que si.

Y la besé, toda la noche la besé.

Infame.

 ¿OK, estás segura de que es esa la hora y no más tarde?-

Ya te dije -suspiró- trata de no traer la música tan fuerte  ¿quieres?

Pasaré por ti mañana, adiós.-

Cinco minutos para las diez de la mañana. El auto a todo esplendor. La música cruzaba las cuadras. Siete de combustible, tres en algunas pastillas y cinco en algo bueno que fumar. Todo aquello lo guarde bajo mis bolsillos.  Ruidos, muchos ruidos de pesares mientras conduzco. Evité la calzada y frenando en brusco me estacioné. Las gafas están de más. está es la dirección creo, ¿Donde está la mujercita de pañoletas y vestidos cortos?

Prendí un cigarro eso de los caros. Cerré la puerta del auto con precaución y me apoyé en el. Cada humeada era un segundo de espera. Reí, vi pasar a tantas mujeres de cuerpazos y voluptuosas, tantas pequeñas y grandes, bellas y no tanto, locas y normales, y a ti. Volví a reír. Definitivamente me quite las gafas mientras caminabas hacia mí. Eres distinta mujercita, te tapas la boca como si tu fueras las única nerviosa aquí.

Diste tres pasos, cruzamos miradas, tu pequeña falda me embobó y sin desperdiciar gente molesta y habladurías, subiste al auto sin chistar. Apagué mi cigarro mientras te cerraba cordialmente la puerta, mire alrededor y prendí motores. Aquí nadie nos vio.

Subí la música, cada parlante era un testigo más, debían hablarnos fuerte, sólo a nosotros dos. Gritarnos la sensación de hacer de lo malo una sensación de verdad. Que sacié. Grítenme que algo he de hacer mal otra vez. ¿Mal, a que le dices mal? ¿A conducir medio ebrio rosando la calzada? ¿A sustanciarme las venas mientras veo la mañana llegar? ¿A consumirme la vida en humeadas felices? ¿O simplemente a querer besar unos labios que ya tienen dueño?

Aquí nada está mal, nada está bien, todo sucede por qué así lo quieren las personas. Qué más da, a estás horas de la mañana el alcohol me deja un poco más alegre. Puedo conducir callado y sin molestarla mientras te maquillas las pestañas. Frené, Frené a más no pude. Ya era hora de bajar. Me gritó un par de garabatos por lo inepto, pero adoro tu rostro cuando te enfadas. Luego comenzó a reír, creo que a fumado también.

Nos bajamos. El pastizal era grande. tú y tu cámara que no paraba de tomar fotos que nadie nunca verá. Tu vestido era ese que yo le había aconsejado, con nuestros tantos mensajes y llamadas, que también, nunca nadie verá. Fumé, fumó. Apenas hablábamos. Ya era suficiente con saber que el estar hay valían dos tiempos muertos, aquellos que quizás ya no vuelvan a estar.

 ¿Te veré está noche? le pregunté acercándome a su rostro. sentados en el capot mirábamos el cielo.

Claro que si, ¿crees que estoy aquí sólo para reírme y no compensarlo? Me respondió con su toque de ironía.

Reí, claro que si, mujeres como tú quedan pocas.

 & la besé.