Infame.

por Sofia amanda

 ¿OK, estás segura de que es esa la hora y no más tarde?-

Ya te dije -suspiró- trata de no traer la música tan fuerte  ¿quieres?

Pasaré por ti mañana, adiós.-

Cinco minutos para las diez de la mañana. El auto a todo esplendor. La música cruzaba las cuadras. Siete de combustible, tres en algunas pastillas y cinco en algo bueno que fumar. Todo aquello lo guarde bajo mis bolsillos.  Ruidos, muchos ruidos de pesares mientras conduzco. Evité la calzada y frenando en brusco me estacioné. Las gafas están de más. está es la dirección creo, ¿Donde está la mujercita de pañoletas y vestidos cortos?

Prendí un cigarro eso de los caros. Cerré la puerta del auto con precaución y me apoyé en el. Cada humeada era un segundo de espera. Reí, vi pasar a tantas mujeres de cuerpazos y voluptuosas, tantas pequeñas y grandes, bellas y no tanto, locas y normales, y a ti. Volví a reír. Definitivamente me quite las gafas mientras caminabas hacia mí. Eres distinta mujercita, te tapas la boca como si tu fueras las única nerviosa aquí.

Diste tres pasos, cruzamos miradas, tu pequeña falda me embobó y sin desperdiciar gente molesta y habladurías, subiste al auto sin chistar. Apagué mi cigarro mientras te cerraba cordialmente la puerta, mire alrededor y prendí motores. Aquí nadie nos vio.

Subí la música, cada parlante era un testigo más, debían hablarnos fuerte, sólo a nosotros dos. Gritarnos la sensación de hacer de lo malo una sensación de verdad. Que sacié. Grítenme que algo he de hacer mal otra vez. ¿Mal, a que le dices mal? ¿A conducir medio ebrio rosando la calzada? ¿A sustanciarme las venas mientras veo la mañana llegar? ¿A consumirme la vida en humeadas felices? ¿O simplemente a querer besar unos labios que ya tienen dueño?

Aquí nada está mal, nada está bien, todo sucede por qué así lo quieren las personas. Qué más da, a estás horas de la mañana el alcohol me deja un poco más alegre. Puedo conducir callado y sin molestarla mientras te maquillas las pestañas. Frené, Frené a más no pude. Ya era hora de bajar. Me gritó un par de garabatos por lo inepto, pero adoro tu rostro cuando te enfadas. Luego comenzó a reír, creo que a fumado también.

Nos bajamos. El pastizal era grande. tú y tu cámara que no paraba de tomar fotos que nadie nunca verá. Tu vestido era ese que yo le había aconsejado, con nuestros tantos mensajes y llamadas, que también, nunca nadie verá. Fumé, fumó. Apenas hablábamos. Ya era suficiente con saber que el estar hay valían dos tiempos muertos, aquellos que quizás ya no vuelvan a estar.

 ¿Te veré está noche? le pregunté acercándome a su rostro. sentados en el capot mirábamos el cielo.

Claro que si, ¿crees que estoy aquí sólo para reírme y no compensarlo? Me respondió con su toque de ironía.

Reí, claro que si, mujeres como tú quedan pocas.

 & la besé.

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