Una de piratas.

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Dulce. Ahora es dulce el licor. He de saciarme ahora cantinero, esa es vuestra labor. No me rasga el licor como de costumbre, puesto que olvidar quiero y borrar cada mala racha de este bucanero. ¿Deme uno más fuerte quiere?, un barco de aquellos no se guiara cuerdamente. OH delirante de mí que he perdido mi mayor tesoro. Mis llagas aun guardan el dolor. Venga señor, escuchará el mejor relato sobre las aguas del mar, el peor pirata existente y la más hermosa mujer.

Caminaba tranquila por la orilla. Bailaba como si las mejores maestras de danza hubieran tocado sus pies. Miraba con los ojos del solsticio preciso. Carecía de cordura infinita y brillo fugaz. Derrotada por la pusilánime madurez de su padre, engañada por años sin piedad. Ella era Ágata aún lo recuerdo muy bien.

Todavía el calendario me urge su presencia. Mientras tacho los días, las mareas se hacen más altas. Sobre mi suelo lejos mis pies, sobre vida lejos mi muerte, he de carecer piedad, he de carecer amor pleno. Pero oh mujer, ella era Ágata, lo recuerdo bien.

La recuerdo como si sus uñas aún rasgaran mi espalda. Y sus ojos del más puto océano índigo total, llenaba más que mil mares. Sus cabellos oscuros nos invadía la luz plena. He de quererla ahora mismo, aquí, en el mismo bar donde la conocí.

Quizás que año es, ¿1850? Si al parecer. Mi jarra a medio llenar recuerda millones de fechas menos la actual. Recuerdo mi nombre, recuerdo que he de hacer mañana, durante el día y después. Recuerdo mil errores, recuerdo lo mal que hablaré luego de embriagarme y recuerdo que no quiero recordar. Recuerdo a una doncella que entro vil camuflada por esa puerta de mierda que está justo tras mis espaldas.

En ese instante sentí un aroma tropical que me recordaron las islas del caribe. Aquella donde abunda el ron y las mujeres no cuestan muchos chelines. Mis ojos se desviaron a mi lado izquierdo, una capucha gris cubría un rostro que frente a la barra y a un lado mío se sentó. Pidió ron más suave para su paladar. Marica aquél, osaba pedir suave cuando mi aliento embriagaba. Quería ver su rostro, no, no estaba tan ebrio, sólo quería saber quier es.

Un bar es para hombres. Un bar con mujeres semidesnudas es para hombres. Este puerto lleno de piratas es para hombres. El mar en si es para nosotros, los hombres, y yo sé bien cuando una mujer está a mi alrededor. Mientras miraba mi sucio reflejo en el jarrón, mi cabello ya se tornaba cada vez mas ceniza, largo, uniforme de color. Rasgado por los años. El sujeto que se acababa de sentar a mi lado se levanto, dejo su vaso a medio terminar y trato de marchar. Dejó un olor a pólvora recorriendo mis venas. En cuanto se puso de pie y caminó, tubo la mala suerte de chocar de golpe con otro tipo ebrio que se lamentaba enrabiado por su jarra, ahora vacía.

Imbécil- dijo el ebrio falto de licor. No quise intervenir. Mi mala racha ya ha de conocerse en el lugar y cuando mi nombre, ¡Staley! Y le Sigue un “!está entre combos con un borracho!”  Ya se sabe bien el resultado. ¡Hijo de las mil putas! Volvió a gritar, y esta vez arrojo un puñetazo sin piedad al tipo de capucha que boto licor.  Lo dejó en el suelo delirando, con el capuz abajo y una sorpresa deslumbrante que mostrar.