La lluvia y mamá.

por Sofia amanda

Una casa de campo grande. Los olores fuertes, el color del atardecer. Mamá siempre estaba ahí, en el último rincón de la casa, su oficina. El marco de la puerta, siempre la observaba desde ahí, sus libros, el montón de hojas sueltas, letras de su habla que sólo ella entendía. Le gustaban las palabras, contarme cuentos en su seriedad nata y con el color carmín de sus pómulos. Desde el marco de la puerta, siempre la observaba por ahí. Su cabello negro, sus lentes, su vista baja que siempre sobre el escritorio plasmando algo estaban. Mamá era todo un misterio.

Cada día de lluvia aquí en el sur, recuerdo a mi madre abrigarme bien para subirnos al automóvil, ponerse ella su abrigo negro y mirarme hacia atrás por si algo me molestaba. A ella poco se le veía sonreír, de ahí va mi rostro decaído. Conducía y ponía una radio cualquiera para hacernos compañía, me arreglaba los cuadernos antes de bajar y me daba un beso de despedida, observándome hasta que yo lograra entrar a la escuela.

A mamá no le molestaba salir a mojarse con la lluvia mientras entraba la ropa. La juntaba toda y la dejaba en un tendedero seco, ahí volvía atrás a sólo mojarse, se quedaba ahí por un par de minutos. &  mientras regresaba a techo, de sus labios se le escapaba una sonrisa leve, quizás lloraba, pero ahí en la lluvia nadie lo notaría. Mamá era especial, hasta sus comidas y las charlas que me daba mientras me preparaba platos con poca sal. Sus pestañas rectas, siempre presentes en cada día de sobremesa; un día me aconsejaron. “Nunca ames la compañía de alguien, porque eso se suele confundir con el amor. Yo no quiero que ames estar con tu madre, quiero que ames la persona que soy, la que te dio la vida, la que hace de ti un hombrecito fuerte e inteligente. Nunca ames la compañía del ser, porque eso hace daño, mucho daño a quien se lo entregas. Ama a alguien, no por su compañía, ama a quien se te de la  gana, pero ámala, no su compañía” años después entendí el porque de esas palabras, cuando me toco enamorarme de forma fatal igual que mi padre.

Papá, papito, su cuerpo fuerte y su sonrisa grande. Le recuerdo poco, mamá poco me hablaba de él. Aún así tiene en su oficina un cuadro de ellos dos bien juntos, reían, cuando sólo eran un par de amigos. Papá, quizás anda de viaje, quizás esta cerca, no lo sé, y prefiero que sea así, antes de preguntarle a mamá y que me responda levantando la cabeza de su escritorio y ver como sonríe con tanto dolor.

Cuando mamá no estaba, me gusta intrusear entre sus papeles. Sus fotos, los cajones llenos de recuerdos que a nadie compartía. Las fotos de papá, un par de cadenas de oro, y hojas, escritos, libros y libros. Frases sobre el escritorio aplastadas por el vidrio de este, sus lápices únicos y de mil colores. El millón de cuadros que inundaba el lado de la ventana. Un día mamá entró, ella nunca se enojaba, me tomó en brazos recuerdo, y me señaló, “Si algún día llegas a enamorarte, no cometas el mismo error de mamá, porque tú eres fuerte pequeño, no dejes que nadie te haga daño, ve y demuéstrale que el mundo te crío como un grande, no dejes que nadie corte tus alitas, porque mientras yo viva nadie lo hará”

Mamá era sabia. Le gustaba la lluvia y escribir. Podía observarla desde el marco de la puerta siempre, hasta que logre verme ahí y darme algún concejo de rutina.

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