Ángeles.

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Ella tenía un par de alas en la espalda cuando la conocí. Fue un suspiro. Un susto mirar hacia el final de la escalera y verla ahí, frente a un ventanal, mirando el cielo cómo si esperara algo para emprender su vuelo. Lo recuerdo bien, el dulce saludo de su bienvenida. Tenía un par de alas cuando me enamore de ella; Una paz interior. Todo un roce de miradas inofensivo con las personas. Eso vi, su tranquilidad, sus manos frágiles y sus pies que pocas veces lograban toparse con  el suelo.

Yo no sé si me esperaba a mí, o a alguien que no le negara su vuelo. No sé si era yo, o las mil veces que volví a buscarla para estar con ella. Porque tenía alas, si. Como los pájaros, como los aviones. Como los dragones. Era fuerte y discreta, gigante y pequeña. Un ángel que de alguna forma llegó para mí.

Yo quería volar como ella. Romper el cielo como ella. Quería acompañarla en su planear, y no dejar que nunca más volviera a volar sola, o que espere a alguien que nunca llegó.

Pero yo supe el daño que haría contándole mi sueño; de querer ser como ella. Después de tiempos aquellos, de risas matutinas y besos en las noches, logré por fin, entusiasmado, hablarle sobre eso.

-Si quieres tener alas sólo debes alejarte, correr  y volar – me dijo ese día mientras mirábamos el cielo. Ya no quería esperar.

-Suena fácil – le miré a los ojos –  ¿ya te alejaste, corriste y volaste?

Me sonrío encobijando sus margaritas – yo soy diferente – me nombró – yo nací así, tú ya lo sabes.

-Que injusto, la gente ni siquiera nota que tienes alas – ya estaba algo confundido y me volvió a sonreír – ¿Las personas podemos aprender a volar?

Esa madrugada tibia y soleada, cuando después de muchas preguntas y ensayos; ella abrió sus alas, mientras me respondía con su risa permanente,  me tomó de las manos,  fuerte, me amarró en un abrazo valiente y se elevó junto a mí.

Volamos amarrados.

La abrasé de vuelta mientras miraba el mundo caer, a los humanos perderse en sus problemas, y a los ríos cómo venas lejanas de la tierra en sí. Ella volaba conmigo, ella me llevaba en su planear. Todo era paz. El viento poco nos molestaba. Firme volaba y me abrazaba para que estuviera bien; firme me miraba a los ojos para sonreír.

Estábamos tan altos que no lograba oír nada del mundo.

-Hay humanos que se elevaron hasta aquí y yo debía soltarlos – me dijo con pena mirando hasta el final. Yo temí ser el de esa suerte.

-¿Por qué? –

-Ellos me pidieron que les enseñara a volar, pero en este lugar, quisieron cambiar el camino, sacarme las alas, dejarme caer desde aquí  – me respondió mientras flotábamos en una aurora.

-Eso no te convierte en alguien malvado cómo tu lo crees – le dije mirando su  rostro – sólo en alguien que confío y le traicionaron. –  sonrió. Pero siempre había algo en ella que le iluminaba con tristeza.

-¿De verdad quieres alas?- Sus ojos perdidos algo más querían decirme – Es una misión difícil, pocos la entienden.

-¡Sí!- le afirmé con risa- ¡Si las quiero, quiero volar lejos, rápido, ser distinto cómo tú!

Y sus ojos se agrandaron, me miraron. Ahí me dijo que volviéramos a tierra. Yo sentía que algo estaba por comenzar. Y ella Sonreía, siempre sonreía, eso también nunca lo voy a olvidar. Pero no tenía idea de todo lo que estaba pasando, ni de lo que ocurriría después, cuando logré entender la misión de los ángeles en la tierra.

Frente a mi mismo caí.

Un día en que no logré verla por ningún rincón de nuestras calles.

Lo entendí.

Debía alejarme;

Correr;

Y así podría volar.

Era así, era yo quién precedería. Desde aquel día se me hizo tan difícil encontrarla. Lo comprendí, o creí hacerlo. Yo podría volar, alejándome, yo podría volar corriendo. Pero no a su lado, por eso siempre se elevaba hasta esa altura, por eso algunos quisieron córtale las alas, por eso la gente ni siquiera la ve.

Por eso siempre sonríe con pena.

Me tardé pero entendí,

Ya no las quería, no por ella, no quería alas nunca más.

Llegué otra tarde brillante hasta la misma escalera y en el final, al último piso, en la terraza la vi. Tenía la vista perdida como siempre y a su lado, frente al cálido sol me quedé. Sus alas guardadas me estaban esperando.

¡A-ahora lo entiendo! – le dije desde el costado,  nervioso.  – ¡debo irme! –

Ella me miró directo a los ojos, me acarició el rostro con su mano tan suave y yo no sabía qué hacer, estaba tan agitado, tan confundido. ¿Abrazarla, llorar, lanzarme hasta el primer piso? De lo único que tenia certeza, es qué, eso era una despedida.

Gracias por todo – me dijo tan fácil, devolviéndome a mí mismo. Con sus lágrimas como goteras que inundaban su sonrisa – gracias por verme de verdad –  Y  en ese instante, en el qué se me quebraba el alma, largué un llanto de desesperación; porqué sí, me había enamorado de ella.

Porqué si yo no hubiese sido tan egoísta de pedirle alas, ella aun esperaría a alguien que si la ame de verdad y se quede a su lado por siempre.

¡No! Yo ya no quiero alas, ¡no! – le dije gritando su nombre.

Ella brillaba cada vez más.

Tranquilo – susurro mientras sus alas me acurrucaban- ahora ve,- me tomo fuerte del brazo y me abalanzó –  ¡corre! –

Y ahí en ese momento, en el que por fin me despedía, comencé a correr, abrí paso entre mis piernas a mil pies de altura, le di una última mirada a ella envuelto en lágrimas,

Me elevé.

Y ella desapareció con el sol.

Al fin tengo alas, alas gigantes cómo ella.

Alas que ella me dio.